Pero la realidad es tan distinta.

No hubo magia para mí, no hubo paisajes góticos ni noches de temor. No hubo adrenalina ni misterio.

Una noche me desmayé, y ahora soy lo que soy.
Un monstruo perdido y confundido.
Por primera vez, siento en cada centímetro de mi ser el significado de la verdadera soledad... y da vértigo.

Carmen

Carmen

29 ene. 2011

Primera parte (7)

No sabía qué pensaría mi amiga Lorena de todo esto, pero tenía ganas de contárselo. Era mi mejor amiga, al fin y al cabo, y además estudiaba medicina, quizá podría aportarme algo.
Así que un día de esa semana le estuve comentando lo que había hecho para averiguar algo sobre la enfermedad y lo que me habían contado los médicos.
- Los médicos de ese hospital están todos un poco amargados la verdad – sentenció mientras se calentaba las manos con la taza de café.
- Si… me lo ha parecido. También me ha parecido que a todos les afecta bastante el tema, se sienten muy frustrados con el caso.
Estábamos en una de mis teterías favoritas, el “Café con Libros”, sentadas en uno de los viejos sofás, justo al lado de una gran estantería llena de libros tan antiguos como el edificio más o menos reformado típico de esta parte de la ciudad.
- Es normal, es un caso sin resolución que se les escapó de las manos, no es como si se te muere la paciente, que ya es bastante duro, es que ni siquiera pudieron averiguar de qué se estaba muriendo. Tiene síntomas de un millón de enfermedades conocidas y un organismo no puede soportar todas al mismo tiempo, algunas ni siquiera las soporta el organismo en solitario por más de unos días.
- ¿Qué opinas tú?
Lorena perdió la vista en la extraña lámpara decorada con brujitas de esparto.
- Yo no tengo ni idea, a mi me parece que tiene que haber errores en las pruebas, que se les escapaba algo, no me parece posible que se puedan descartar todas las enfermedades que rechazaron. Algo no hicieron bien, y lo que tuviera la chica probablemente no se había estudiado antes. Simplemente. Lo que no entendemos siempre nos parece misterioso y sobrenatural, hasta que alguien lo pone debajo de un microscopio.
Ésa era mi Lorena, la médica, fría y pragmática en su visión del mundo.
- ¿Qué vas a hacer ahora? – me preguntó -.
- Averiguar quién era, qué fue de ella. Y su nombre.



Ah Internet, menudo invento. Dame un nombre y te daré toda la historia de una vida. Pero yo no tenía el nombre, sólo tenía la historia de una muerte.
Y ni siquiera estaba segura de que fuera una muerte.
Podría haber echado mano de un amigo informático que podría meterme en el archivo del hospital, pero a los dos o tres días de mi conversación con Lorena recibí una llamada.
Estaba en mi casa, mis compañeros de piso no estaban y yo recogía mi cuarto con los Sex Pistols reventando los altavoces de mi portátil.
El móvil me vibró en el bolsillo y cuando vi el número desconocido, bajé la música a toda velocidad y descolgué.
- ¿Si?
- ¿Carmen? Soy María Belén, la enfermera…
- Si, si, me acuerdo.
- Bien, te llamaba para decirte un par de cosas sobre la chica de la que estuvimos hablando. No pensaba contarte nada más, pero he estado pensando que quizá convenga que alguien nuevo investigue sobre esto.
- Si, dígame.
- Pues verás, quiero que sepas que en este hospital, ese caso es un tema tabú, del que nadie habla, porque todos vimos cosas muy raras en esa habitación, y todos sufrimos muchos a causa los sufrimientos de la chica. El médico a cargo de su caso, se jubiló anticipadamente hace mucho tiempo, y creo que nunca ha dejado de estudiar su caso. No se da por vencido. He pensado que quizá le gustaría hablar contigo, y a ti hablar con él.
- Oh, sí, por favor. Dígame.
- Pues se llama Don Rodrigo Calzada Cerezo, ahora vive en Benalmádena Pueblo, te mando en un mensaje su teléfono y le preguntas.
- Claro, muchísimas gracias, de verdad. Y la segunda cosa que quería decirme…
- Ah, sí. La chica se llamaba Zahra, Zahra Romero.