Pero la realidad es tan distinta.

No hubo magia para mí, no hubo paisajes góticos ni noches de temor. No hubo adrenalina ni misterio.

Una noche me desmayé, y ahora soy lo que soy.
Un monstruo perdido y confundido.
Por primera vez, siento en cada centímetro de mi ser el significado de la verdadera soledad... y da vértigo.

Carmen

Carmen

9 nov. 2010

Primera parte (3)

Cuando ya noté que prácticamente me sabía de memoria las palabras de mi pequeña enferma, decidí buscar más sobre ella.
En el libro tan sólo se especificaba la fecha y localización del caso, pues venía explícito en el propio texto, pero ella misma me daba más datos, como por ejemplo el hospital donde estuvo ingresada.
Le pregunté a Lorena que si en su carrera podían acceder a historiales o casos antiguos de algún hospital. Ella me miró con cara de conejo y me dijo que si creía que esto era como las universidades de la tele mientras se reía. Cómo yo la miré muy seria, me dijo que bueno, que podía preguntarle a algún profesor la información que quería, que qué necesitaba.
- Quiero más información sobre el caso del libro que me diste.
- Ah, vale pues dime los datos que tengas, le pregunto al profe de microbiología que trabaja en el Hospital Civil a ver qué me dice, es lo bastante viejo para haberla conocido y todo - dijo entre risas, ella siempre tan divertida -.
- ¡Gracias, tía! Es que es súper interesante.
- Sí, a mí también me llamó la atención, pero sabía que a ti te encantaría, es "muy tú".
No supe muy bien qué quiso decir con eso, pero me callé.
- ¡Por cierto! ¿Lo has devuelto ya? Que se te acaba el plazo y me sancionan a mí, y te mato.
- No te preocupes por eso.
Ese mismo día fui a la biblioteca. Lo devolví, y lo volví a alquilar con mi nombre. Y ya no pensaba devolverlo.
El profesor de Lorena le dijo que era probable que los médicos de ese caso todavía estén en activo, y que podrían quedar algunos en el Hospital Civil, pues era un caso relativamente cercano, él mismo llevaba veinte años en ese hospital y le sonaba algún caso parecido.
Le dio el nombre de algunos médicos colegas de él, y le indicó que fuera de su parte, que la atenderían.
El recado pasó a mi tal cual, y tal cual me presenté yo en el hospital al día siguiente.
En el papel que me había dado Lorena habían apuntado tres nombres: Mariano Guerrero López, María Belén Yedra García y José María Fernández Sierra.
Dos médicos y un anestesista, los tres fijos en el Hospital Civil desde hacía treinta años, así que ya estaban creciditos en el momento de llegada de mi chica.
Llamé al hospital, y cogí cita con el doctor Mariano, diciendo que iba a través de un seguro privado que no tengo.
Cuando llegué al hospital, le expliqué al doctor la situación.
- Verá, en realidad no estoy enferma, y no voy a quedarme a la consulta para no ocupar tiempo de otro paciente, sólo quería preguntarle si conoce este caso, es por la universidad.
- Sabes que puedo cobrarte este tiempo, ¿verdad?
- Sí, bueno, si quiere me marcho, solo échele un vistazo.
El doctor agachó la cabeza hacia el librito, y luego bajó los ojos que había mantenido fijos en mí.
Cuando leyó unas líneas, me contestó.
- Sí, lo conozco, yo era uno de sus médicos.
- ¿Podría hablar con usted en algún momento para que me contara algo del caso? Es que tengo que hacer un estudio para la universidad sobre él...
- No sé, eso fue hace mucho tiempo, no sé que puedo contarte que te sirva.
- Por favor, no le robaré mucho tiempo.
- Mira yo no me acuerdo de mucho. Habla con María Belén Yedra, ella está trabajando en planta, debe estar ahora por allí, seguramente recordará mejor esos tiempos.
- Vale, muchas gracias por su tiempo.

Salí de la consulta algo frustrada, con la sensación de derrota que producen las personas frías y antipáticas.
Había siete plantas de habitaciones en ese hospital, según el cartel que había en la pared. En la era de la información, me parecía un poco absurdo recorrérmelas todas en busca de la doctora.
Así que me acerqué a recepción y pregunté. Le dije a la señora que era una sobrina de la doctora, que acababa de llegar a la ciudad y venía a saludarla.
- Está esta tarde en la tercera planta, bonita.
- Muchas gracias, hasta ahora - le dije con una sonrisa de oreja a oreja -.

"Pues qué fácil es entrar aquí, cualquiera está seguro hoy en día". Me monté en el ascensor sintiéndome toda una investigadora televisiva, y pulsé el botón tres.
Las plantas estaban compuestas de dos pasillos, con habitaciones a un lado, al otro, y en mitad separando los pasillos. En medio del todo, estaba la recepción de la planta con su pequeño almacén para las enfermeras y médicos.
Allí había varias personas, y me acerqué a preguntar por María Belén.
Una mujer me miró fijamente. Era rubia, madura pero joven, yo no le pondría más de cuarenta años. Llevaba el pelo recogido en una coleta baja y tenía unos ojos no muy grandes pero bastante expresivos. Parecía una persona agradable, y me contestó enseguida.
- Soy yo.

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